Jeike al Monte Nativo

Curaduría: Catalina Bunge
Artista: Carmela Piñón
Lugar: Museo Mapi, Montevideo, Uruguay
Fecha: 26 de mayo al 12 de julio 2026

Jeike al monte nativo

Un árbol muerto no es un obstáculo ni un desecho; para el monte sigue siendo útil. Es hogar y alimento para infinidad de insectos, hongos y microorganismos, que a su vez ofician de alimento para otros. Hay una inteligencia propia en el monte nativo que no coincide con nuestra idea de evolución moderna. El equilibrio entre conservación y uso se articula con una capacidad de autorregulación que se mantiene desde sus orígenes.

Un monte da cobijo, resguarda, provee alimentos, conserva recursos hídricos y organiza armoniosamente los distintos reinos que habitan en él (animales, vegetales y el entramado microbiano). Opera como un sistema en red, complejo y autosuficiente. Su sabiduría trasciende la lógica humana y los mecanismos que hemos desarrollado hasta ahora. Pero, ¿podemos aprender de él, aun cuando no logremos identificarlo como algo cercano o inherente a nuestro paisaje local? ¿Qué soluciones puede ofrecernos esta inteligencia colectiva?

Jeike al monte nativo de Carmela Piñón propone un ejercicio de acercamiento relacional y afectivo a los orígenes de esta pampa rioplatense. La muestra está diagramada en las tres salas principales del Museo MAPI, y una instalación en su entrada remite al monte nativo —o indígena—, buscando desarticular aquello que nos impidió identificarnos con él. Lejos de ser un ejercicio de ilustración botánica, las obras —en su mayoría pictóricas— buscan despertar un sentido de pertenencia y de curiosidad ante aquello que trasciende nuestra existencia, pero que a la vez, es altamente sensible a nuestras acciones.

Las pinturas de Piñón prescinden de sujetos o animales, refuerzan la suficiencia del monte y nos sensibilizan sobre la riqueza de su entramado y escenas. Asimismo, los únicos animales que se identifican se encuentran escondidos —tapados por un dispositivo especialmente construido con orificios para descubrirlos—; insectos, aves y pequeños seres pueden ser revelados por el público al interactuar con éste, dando lugar a la experiencia de descubrir aquello que solo se hace visible cuando se permanece en él por un tiempo prolongado.

El políptico realizado en carbonilla —elaborada por la artista a partir de ramas secas del monte carbonizadas— da cuenta del compromiso que Piñón desarrolló a lo largo de varios años de investigación en el monte, así como de su deseo de comprender y expresar su “lenguaje” desde lo pictórico. La pieza audiovisual que lo acompaña evoca esas escenas de aislamiento y producción de la carbonilla.

Por su parte, el lienzo de gran formato titulado El ceibo de Anahí nos recuerda que el monte nativo fue hogar y espacio de recogimiento para los pueblos originarios de la cuenca rioplatense. “De las llamas brotó la flor de Anahí”, dice el relato guaraní, cristalizando la magia y el estrecho vínculo con la sabiduría ancestral que alberga en su origen.

Detalles de líquenes en pequeños lienzos terminan de completar la imagen del ecosistema-monte, exponiendo su biodiversidad y una visión relacional del mismo como sistema dinámico, donde todo está implicado con todo, en sintonía con lo que Lynn Margulis plantea en su teoría de Gaia.

Para Piñón, pintar el monte no se trata solo de capturar sus árboles, arbustos o su diversidad. Implica dejarse afectar por todo lo que allí habita, pensar en clave de ecosistema y sostener una mirada dinámica que reconozca la interdependencia entre los seres que lo componen. En esta línea, el pensamiento de Donna Haraway resulta cercano: su enfoque sobre la coevolución entre especies propone entender la vida como un entramado de relaciones en el que los organismos se moldean mutuamente. No se trata solo de que “todo está conectado”, sino de que las especies se co constituyen entre sí a medida que se vinculan. ¿Qué otras formas de percepción, de tiempo y de relación con el entorno podemos entonces imaginar?

Talar, limpiar, barrer son prácticas asociadas a los procesos de colonización —de los europeos en el Río de la Plata—, a la actividad agroganadera y al consumo doméstico. Factores de degradación que marcaron una separación entre el monte y quienes habitaban ese territorio. Hoy, el monte aparece alejado de nuestro entorno (o nosotros de él), desestimando su importancia para el territorio y los seres que lo habitan.

Jeike al monte nativo nos permite acercarnos al monte desde otra disposición: adentrarnos en él reconociéndonos como parte de ese entramado vital, con igual responsabilidad que derechos. Nos invita a asumir lo propio como tal y a hacernos cargo de ello. Bajo la mirada de Piñón, el monte nos necesita tanto como nosotros a él.

Catalina Bunge